El pasado viernes tuvimos la primera reunión del año, en la que comentamos Ghost in the Shell, el mítico manga de Masamune Shirow.
Sin embargo, a pesar de ser todo un clásico, a la mayoría de los compañeros y compañeras no les gustó demasiado la lectura. Llevan razón en sus críticas: la historieta está bien dibujada, pero el lenguaje cyberpunk, las molestas notas al pie que no aclaran nada e interrumpen la lectura y la carencia de un hilo conductor hacen difícil conectar con la historieta.
A pesar de todo, hay que quitarse el sombrero ante la genialidad del autor: aunque escrita en los años 90, muchas de las ideas que aporta sobre la informática y el cyberespacio no sólo siguen siendo comprensibles hoy día (a diferencia de clásicos de la novela cyberpunk como Neuromante, donde se demuestra el desconocimiento tecnológico del autor), sino que además han servido de inspiración a obras como Matrix.
Esperemos que la próxima lectura guste más. Los dos primeros tomos de 12 del Doce van a llevar a nuestros lectores y lectoras del futuro próximo al lejano pasado de 1805 y 1808. ¡Ya veremos qué les parece!
Superlópez apareció unos años antes de que la mayoría de nosotros naciera, allá por 1973. En sus orígenes no era más que una parodia de lo que ya por aquellos años se estaba haciendo más y más popular en España: los superhéroes americanos. Y particularmente, una parodia del superhombre americano por antonomasia: Superman.
Divertidas y tontorronas, de una sola página, aquellas historietas fueron escritas por una legión de guionistas mayormente anónimos y dibujadas por un tal Juan López, que firmaba como Jan.
A raíz del éxito que fue la película Superman (1978), la editorial Bruguera se dio cuenta del filón que tenía entre manos. Así que, en 1979, pidió al guionista Francisco Pérez Navarro que realizara algunas historias cortas de Superlópez, que luego serían recopiladas en los tres primeros álbumes del personaje (Aventuras de Superlópez, El supergrupo y ¡Todos contra uno, uno contra todos!). Aventuras entretenidas, que jugaban a homenajear sobre todo a un universo, el de los cómics Marvel, en pleno apogeo. A los guiones, que indudablemente eran graciosos, se sumó el hecho de que Jan comenzó a mejorar considerablemente su estilo de dibujo, sumando a cada viñeta infinidad de pequeños detalles que hicieron su estilo inconfundible.
Pérez Navarro se fue por aquellos años a Cómics Forum, y Jan se empeñó en tomar control absoluto de la obra, haciendo él mismo tanto el guión como los dibujos de la cuarta aventura del héroe, Los alienígenas. Fue un éxito y superó en calidad a las entregas anteriores.
Uno de los aspectos más sobresaliente de aquella historieta fue que Jan supo hacer que el personaje dejase de ser una imitación, y jugó extraordinariamente bien con secundarios como Luisa Lanas o Jaime. El personaje superaba así su concepto original.
Es a partir de ese momento (1981) que muchos aficionados consideramos que comienza la edad dorada de Superlópez. La clave de su éxito serían una serie de aventuras a cual más divertidas, muchas veces homenajeando a los clásicos de la literatura (El señor de los chupetes, La caja de Pandora, Al centro de la Tierra), el género negro (La semana más larga), el cine (La gran superproducción) e incluso al mundo de la política (Los cabecicubos). Por su parte, las historietas contaban con un dibujo cada vez mejor y unos personajes en continua evolución. Especialmente memorables resultaban el personaje del jefe, el inspector Hólmez o su hija Martha.
No fue hasta 1988 que los álbumes del personaje experimentaron cierto estancamiento, y aunque algunas historietas continuaron destacando (Cachabolik Blues Rock, Los petisos carambanales y otras petisoperías o Hotel Pánico), cada vez primó más el tono pedagógico y moralista, restando frescura y originalidad a las aventuras: se mostraron otras culturas, muchas veces a partir de tópicos (Periplo búlgaro, La banda del dragón despeinado, El tesoro de Ciuacoatl) y problemas sociales, aunque de manera bastante superficial y terriblemente tópica (la ludopatía en En el país de los juegos, el tuerto es el rey o las drogas en Un camello subió al tranvía en Grenoble y el tranvía le está mordiendo la pierna), sin que faltara la crítica a la colonización coincidiendo con el quinto centenario del descubrimiento de América (Los ladrones de ozono) y una advertencia ecologista (El castillo de arena).
La crisis en la industria del cómic cerró, en 1996, la revista Super Mortadelo, que era donde se habían ido publicando de forma mensual las aventuras de Superlópez. A partir de ese momento las aventuras, tal vez por no estar pensadas para leerse de forma semanal, se volvieron mucho más pesadas. La acera del tiempo, El infierno, Los cybernautas, El Supercrack… son historias en las que se añade muy poco al universo de Superlópez (salvando unas poco creíbles canas y una villana nueva, Lady Araña). Aventuras en las que Jan trata temas actuales a base de chistes fáciles, haciendo caer a sus personajes una y mil veces en las mismas situaciones.
Parece que Jan fue perdiendo el interés o, como poco, se fue quedando si ideas según pasaban los años. Algunos fans dicen que no son las historias las que han cambiando, que hemos sido los lectores, que nos hemos hecho mayores y ya no nos reímos ni sorprendemos con la facilidad de antes. Tanto si es lo uno como lo otro, lo que está claro es que Superlópez es un personaje imposible de olvidar, por mucho que pasen los años.
Durante muchos años los tebeos tuvieron escaso prestigio, y no sólo en España, sino también en otras muchas partes de Europa y América. Cierto es que en España, por la evolución política particular que experimentó (la Dictadura, vamos), las corrientes pedagógicas que empezaron a prestar atención a las viñetas llegaron un poco más tarde.
No obstante, algunas editoriales se fijaron en el interés que los tebeos despertaban en los más jóvenes, puesto que la imagen, al conjugarse con la palabra, hacía mucho más atractivo un texto, cualquier texto. Ediciones Bruguera decidió mezclar clásicos literarios, novela juvenil y cómic en una colección que, cosas de la añoranza, ahora se reedita en buena parte.
Los tebeos que presentaban eran malos, para qué engañarnos. Representaban momentos de la novela a la que acompañaban, pero ¡ay!, lo hacían de forma salteada, tres páginas de texto y luego una de viñetas, por lo que no había ritmo, ni se lucía el dibujante, y el guión era un calco y un resumen de lo que se narraba en el texto.
Pero éramos niños y los dibujos nos gustaban, nos facilitaban la lectura, y si en lugar de una sola ilustración podíamos encontrar cinco o hasta seis por página, mucho mejor. Recuerdo leer Moby Dick gracias a ese tebeo, y los Tres Mosqueteros, y por supuesto Nancy Drew. En la mayoría de las ocasiones la novela estaba tan amputada como el tebeo, pero lo cierto es que como iniciación a la lectura, en aquellos años, era estupendo. Hoy día, no obstante, los gustos son bien distintos y los tebeos tampoco tienen excesivo éxito entre los más jóvenes. Salvando excepciones, me temo, la reedición de estas novelitas son adquiridas por los padres, pero no serán los hijos quienes las lean.
En los primeros años 90 era habitual que las grandes editoriales hiciesen cambios monumentales en sus series y personajes estrella, aunque sólo fuese para llamar la atención del público potencial y conseguir unos cuantos lectores más. Superman murió (aunque hoy está vivito y coleando), a Batman le rompieron la columna vertebral (y ahí lo tenemos, dando saltos como si nada), Spider-Man resultó ser un clon (aunque ahora nadie quiera reconocer que esa historieta ocurrió)… todo debía cambiar aunque, al final, nada cambiara.
De un tiempo a esta parte, sin embargo, parece que las editoriales se hubiesen dado cuenta de que los lectores más veteranos no quieren asombrosas piruetas, ni alocados argumentos, simplemente buenos guionistas contando aventuras divertidas.
Unos meses atrás, Marvel Comics dio un cheque en blanco a Chris Claremont para que siguiese contando las historietas de los X-Men justo donde las dejó en 1991, con unos resultados más que aceptables. Ahora, Larry Hama retoma las aventuras de los G.I. Joe justito donde lo dejó. Jim Shooter relanza a Magnus y a Solar, Man of Atom después de llevarse casi veinte años alejado de dichos personajes.
Si al igual que Claremont dichos autores logran mantener el nivel (y creo que lo lograrán), tal vez las editoriales empiecen a aceptar lo que de hecho ya sabíamos todos: que no son los grandes giros argumentales, sino los autores (o los directores de cine cuando trasvasan las historietas a la gran pantalla) los que venden tebeos a la larga.